La República Dominicana que no verás en los anuncios de viaje
2/1/20262 min leer


Este pasado fin de semana viajé a la República Dominicana.
Sé lo que estás pensando: playas, palmeras, resorts, piñas coladas, margaritas, quizá una cerveza fría frente al mar.
Pero no fue ahí donde estuve.
Me quedé en un pequeño pueblo llamado Tenares, conocido por ser el lugar de nacimiento y hogar de las famosas hermanas Mirabal. Tres mujeres que se atrevieron a enfrentarse a la dictadura de Rafael Trujillo, quien gobernó la República Dominicana con miedo y opresión durante más de 30 años. También es el lugar donde creció mi papá junto a su familia.
No es la versión de la República Dominicana que suele verse en redes sociales. No hay hoteles de lujo ni paquetes todo incluido. Pero está lleno de algo igual de valioso: familia, historia y esos pequeños detalles que se convierten en recuerdos para toda la vida.
Hay algo especial en caminar por calles conocidas que no has visto en años. Escuchar conversaciones y risas que te recuerdan a la infancia. Darse cuenta de que los momentos más sencillos, esos que muchas veces pasamos por alto, son los que terminan significando más. En el gran esquema de la vida, lugares como este tienen un valor que ningún destino de lujo puede igualar. (Aunque, siendo honestos, un buen resort cerca tampoco estaría mal).
El motivo del viaje fue la boda de mi hermana menor. La visita fue corta, pero dejó una huella profunda en mí. Pude ver a mis tíos, tías, abuelo, papá, hermano y hermanas, todos juntos. Antes de ir, estaba muy nerviosa. Hacía mucho tiempo que no veía a varios de ellos y no sabía qué esperar. Me aferraba a recuerdos de la infancia y me preguntaba si todo se sentiría igual.
No lo fue.
Y resultó ser algo bueno.
Nos abrazamos como si nos hubiéramos visto hacía apenas unos meses. Sin incomodidad. Sin distancia. Solo amor. Me recordó lo rápido que avanza la vida y lo fácil que es quedar atrapados en rutinas, responsabilidades y en todo lo que parece urgente en el momento. A veces olvidamos detenernos y realmente ver a las personas que tenemos alrededor. Y cuando lo haces, algo cambia. Aunque las cosas no salgan exactamente como las imaginaste, te vas sintiéndote más llena. Más enraizada. Más conectada.
Viajes como este no siempre se tratan de descansar o escapar al paraíso. A veces se trata de volver a tus raíces, a tus recuerdos y a las personas que te han formado. Son momentos que permanecen contigo mucho después de haber deshecho la maleta. Tal vez ese era el verdadero tipo de vacaciones que no sabía que necesitaba: una que me devolviera a mí misma.
Con amor y gracia,
Diana A. Hampton
Espero que lo hayas disfrutado. ¿Alguna vez has hecho un viaje que se sintiera más como volver a casa que como ir de vacaciones? Me encantaría leerte.